martes, 31 de agosto de 2010

Los mundos de SOSEKI en LA VOZ DE GALICIA



Es un placer ofreceros esta reseña de Soy un gato de Natsume Soseki, publicada en La voz de Galicia, el pasado 31 de julio.



El humorismo y la poesía de Soseki

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La aceptación del influjo occidental sin perder el respeto a la tradición espiritual japonesa están presentes en el trasfondo de la obra del escritor ya en sus inicios

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Natsume Soseki (Tokio, 1867-1916) es uno de los autores clave en la renovación de la literatura japonesa a comienzos del siglo XX —aquejada entonces de una falta de vitalidad preocupante—. Es un momento en que coincidiendo con la era Meiji se produce la modernización de Japón al dejar entrar el influjo de Occidente, tras 250 años de ensimismamiento y cierre absoluto a todo lo llegado de fuera. El proceso es difícil y conflictivo, en cuanto que era mucha la oposición a esta permeabilidad por temor a perder el sentido de la espiritualidad ancestral y el sentimiento de colectividad ante la fuerza del individualismo occidental, que traía aparejado la tecnología, la máquina, y que —denunciaban los tradicionalistas— supondría una frivolización de la existencia.

Esta pugna se halla insistentemente presente en la obra de Soseki ya desde sus inicios literarios, marcados por el éxito fulgurante que alcanza su primera novela —Soy un gato (1905), publicada por entregas en una revista—, y a la que seguirá poco después KusamakuraAlmohada de hierba—. Soseki no puede olvidar los años de formación pasados en Londres y su conocimiento de la literatura inglesa, que difundirá después en la Universidad de Tokio, en donde —casualidades— releva en la cátedra de inglés al conocido niponólogo Lafcadio Hearn, que tanto hizo por divulgar su cultura de adopción. Sin embargo, que no olvide no quiere decir que Soseki se entregue rendido al embrujo de Occidente. Al contrario. Deplora el papanatismo frecuente y la actitud del esnob, y defi ende con arrojo los valores de la espiritualidad y la ética que sustentaron tradicionalmente la vida y la sociedad de Japón. Eso sí, el individualismo será para él un aspecto fundamental en el desarrollo de la persona, y el lugar del que partir como creador.

Un felino verboso

Todo ello centra la acción de Soy un gato, novela excesiva que da voz a un gato verboso, descarado, observador —hasta cotilla, diríase— y mordaz que no deja títere con cabeza en el mundo de los humanos. La vida tranquila y aburguesada del barrio será el hábitat que destripa
y satiriza sin piedad este felino dicharachero y sabiondo, que airea las contradicciones de un país
en creciente europeización, así como las tensiones entre lo rural y lo urbano. Soy un gato se lee hoy con gran fruición, ya que su humorismo recalcitrante la convierte en una obra de absoluta modernidad, y a su protagonista —un mediocre profesor, plagado de pequeñas desgracias como su dispepsia—, en un verdadero héroe de lo cotidiano.

Otra cosa distinta es Kusamakura, delicado tapiz narrativo trenzado de poesía, en el que, es verdad, están latentes los mismos debates. La novela gira alrededor de un pintor de la era Meiji y funciona casi como un ensayo sobre la forma en que el arte debe abordar la realidad —el distanciamiento de las emociones y del bullicio del mundo—. E insiste en que la espiritualidad japonesa y el retiro son claves para trascender la vida y la creación —parece que el pianista Glenn Gould tenía un ejemplar gastado del libro en su mesilla en el lecho de muerte—. Soseki no hace sin embargo un ejercicio de nostalgia por el shogunado de Tokugawa perdido: no en vano nació justo un día antes de que echara a andar la era Meiji. No había alcanzado aún la depuración de la escritura que bordará en Kokoro, pero la fuerza y el genio de Soseki son ya innegables.