lunes, 30 de agosto de 2010

«Genial azote humorístico» de Stella Gibbons en BABELIA


Es un placer presentaros esta reseña que nos ofrece María José Obiol de
La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, aparecida en Babelia el pasado día 7 de agosto de 2010.


Genial azote humorístico

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La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, es una novela que hace casi 80 años satirizó las obras románticas del XIX. Un libro divertido y crítico que llega por primera vez en España
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Cuentan que cuando a Stella Gibbons se le concedió en 1933 el Premio Femina-Vie Heureuse por Cold Comfort Farm (en castellano se ha titulado La hija de Robert Poste), Virginia Woolf se preguntaba quién era la escritora y qué libro era ese. La autora de Las horas parecía haber olvidado que tiempo atrás elogió el trabajo poético de Gibbons en The mountain beast. Suspicacias al margen, lo que sí hubo entre las dos escritoras fue una curiosa coincidencia. Hugh S. Walpole fue el encargado de glosar la obra de Virginia Woolf cuando esta recibió por Al faro, el Premio Femina-Vie Heureuse en la edición de 1928. En el acto de entrega del galardón, Walpole hizo un discurso que él mismo calificó de «lamentable», y Virginia Woolf, a propósito de las palabras que le dirigió el escritor, dejó anotado en su diario: «Dijo lo mucho que le desagradaban mis libros; o mejor dicho lo mucho que temía por lo suyos».

Por su parte, Stella Gibbons convirtió el prefacio de
La hija de Robert Poste en una declaración de principios. El prefacio es en realidad una carta dirigida a Anthony Pookworthy, personaje inventado pero que todo el mundo señaló como Hugh S. Walpole, y el texto es una diatriba mordaz e inteligente que ironiza sobre Walpole y otros autores y los compara consigo misma, y argumenta que si ella como periodista (trabajó en el Evening Standard y había escrito varios libros de poemas) había aprendido a decir exactamente lo que quería decir en frases cortas, sabía que para obtener críticas favorables sobre su primera novela debía «escribir como si no estuviera muy segura de lo que quería decir pero estuviera encantada de decir exactamente lo mismo en frases tan largas como fuera posible». También indicaba que los pasajes más «elegantes y literarios» se señalaban en La hija de Robert Poste con un asterisco para de esa manera hacer más fácil la tarea de los críticos. Por ejemplo y sobre la mirada de la adusta Judith Starkadder, escribió colocando el asterisco «... no eran los suyos dos ojos, sino dos cuévanos hundidos entre esas dos buhardillas de hueso sobresalientes, esos dos montículos mortecinos que eran sus mejillas...», y sigue y sigue...

Sí, el prólogo, esa carta, ya advierte que La hija de Robert Poste es un azote humorístico dirigido a las novelas románticas y al agobiante pesimismo rural que caracterizaba a algunas de ellas. Es cáustica, divertida con disparatadas situaciones y con un elenco de zumbados personajes cuyas hilarantes obsesiones destierran el aburrimiento de quien lee. El argumento: Flora Poste, huérfana a los diecinueve años, hereda cien libras anuales, ninguna propiedad, una férrea voluntad (por parte de padre) y unas estupendas pantorrillas (de su madre). Flora ha decidido no trabajar y vivir de sus parientes y, entre todos los familiares, elige a los Starkadder, que viven en Cold Comfort Farm, en el condado de Sussex. Conocer a los integrantes del clan Starkadder es un placer que el lector no debe perderse, pues cada uno de ellos posee una peculiaridad que resulta desternillante no sólo por su cualidad intrínseca sino por el modo en que Flora Poste se enfrenta a ellas. Porque lo que Flora pretende, como las heroínas al uso, es redimirlos y lo consigue por caminos insospechados, Stella Gibbons no deja títere (escritor) con cabeza. Allí están parodiados historias, ambientes, paisajes y personajes de Thomas Hardy, Mary Webb, Sheila Kaye-Smith, las hermanas Brontë o Jane Austen (las hermanas Brontë y Austen admiradas por Stella Gibbons). Y está D. H. Lawrence, de quien se dijo que era el Mr. Meyeburg en La hija de Robert Poste. La protagonista de manera inconsciente le llama Mybug «mi pesadilla, mi chinche». Mybug es un escritor obsesionado con el sexo, y convierte un paseo por el campo en una acción libidinosa: una charca es un ombligo, los pedúnculos de las ramas del abedul son símbolos fálicos, y las semillas, ¡ah!, las semillas. Mybug también está empeñado en demostrar que las Brontë no fueron más que unas borrachas y que el autor de Jane Eyre o Cumbres borrascosas es su hermano Branwell. Y está la tía Ada Doom, personaje que no sale de su habitación, con una redención espléndida y cuya frase repetida, «vi algo sucio en la leñera» mantiene en vilo al lector, pues encierra el secreto de los Starkadder. Y qué decir de los libros que inventa Gibbons, como ese manual de autoayuda titulado El sentido común de índole superior o los Pensées del que Flora Poste hace uso nada más llegar a la granja: «Jamás te enfrentes a un enemigo al final de viaje, a menos que sea él quien haya viajado».

La hija de Robert Poste es una novela muy divertida, inteligente y demoledora, y aunque el boca a boca ha funcionado de maravilla, hay que dejar por escrito la recomendación de su lectura y señalar que la traducción de José C. Vales, así como sus explicaciones sobre juegos de palabras y sus notas a pie de página son valiosísimas. Una curiosidad: la autora sitúa la novela en un futuro inmediato, ya que, publicada en 1932, la acción transcurre tras una guerra anglonicaragüense ocurrida en 1946.