viernes, 9 de abril de 2010

"La hija de Robert Poste" y "La novela del adolescente miope" en solodelibros

Solodelibros publica reseñas sobre las obras, editadas por Impedimenta, de Stella Gibbons y Mircea Eliade.

La hija de Robert Poste - Stella Gibbons

7 de abril de 2010 por Sr. Molina.


¿Qué se puede decir de una novela en la que su autora señala con asteriscos los pasajes «más elegantes y literarios» para que podamos saber el tipo de literatura que tenemos entre manos? Pues mucho, aunque lo principal es que La hija de Robert Poste es un despropósito delicioso de principio a fin, dicho esto como una gran alabanza. Uno no es lector habitual de libros de tradición cómica, del estilo de Wodehouse, Sharpe o Waugh, de ahí que esta novela de Stella Gibbons cayese en mis manos casi por casualidad; pero a posteriori he de confesar que me he divertido enormemente y que la calidad de la obra es superior a lo que podría esperarse.

La hija de Robert Poste cuenta la historia de Flora, una joven huérfana a la que sus padres apenas dejan dinero como para mantenerse, por lo que debe ingeniárselas para tratar de sobrevivir. Así pues, decide vivir a costa de sus familiares, porque, como ella misma expone: «he observado que mientras aún persiste el absurdo prejuicio contra el hecho de vivir de los amigos, no se establecen límites, ni por parte de la sociedad ni por parte de la conciencia personal, a la carga que una puede suponer a la hora de vivir con sus parientes.» Las circunstancias la llevan a convivir con los Starkadder, primos suyos y dueños de una granja en el condado de Sussex; la confrontación entre la urbanita Flora y los rudos habitantes de Cold Comfort, como es lógico, hará saltar chispas entre todos los moradores del lugar.

La trama de la novela es endeble, desde luego, pero en realidad su solidez estriba en la caracterización de los personajes y el constante sentido del humor que aflora en cada página. Gibbons no concede importancia a la construcción de una historia consistente (de hecho, el título del libro hace referencia a un oscuro secreto que queda sin desvelar), sino que apuesta por focalizar la atención sobre unos protagonistas irónicos, alocados e histriónicos. El apuesto Seth, primo de Flora y galán del condado, cuya hombría hace caer rendidas a las mujeres, por ejemplo. O la sirvienta Meriam, que cada primavera queda embarazada por obra y gracias de la floración de la parravirgen, una extraña planta que crece en los alrededores. O Adam, el viejo vaquero de Cold Comfort, que prefiera colgarse del cuello el estropajo que la protagonista le regala para fregar antes que ensuciarlo con la suciedad de los cacharros. O su tía Ada Doom, una anciana retraída y hosca que ejerce de matriarca sobre todos los habitantes de la granja y que esconde en su memoria un suceso acaecido en la leñera que la marcó para siempre…

El modo de expresarse (mucho más colorido en el original inglés, claro está, aunque la traducción está a la altura) y la manera de actuar de todos estos personajes son la verdadera savia de la novela, el auténtico motor de la acción. Las peripecias de Flora y compañía son tan cómicas, y están cargadas de una ironía tan feroz —y a veces tan sutil—, que por sí mismas constituyen todo un núcleo narrativo autónomo y completo. El desopilante comportamiento de todos ellos hace que la trama (entendida como un conjunto de acciones homogéneas) sea lo último en lo que se piensa, ya que uno sólo quiere seguir disfrutando de sus absurdas peripecias.

Aparte de ello, el estilo de Gibbons es florido y sarcástico, de un humor que en ocasiones resulta feroz; las alusiones y burlas a otros escritores (no tienen desperdicio las alusiones a D.H. Lawrence y su sensual tratamiento de la mujer) son constantes, así como la mofa de géneros, costumbres y corrientes literarias: «La hija de Robert Poste tenía un vívido conocimiento de los embarazos y los partos rurales gracias a la lectura de las obras de algunas novelistas, especialmente de aquéllas que nunca se habían casado.»

En pocas palabras: lean esta novela. Puede que no tenga una enjundia literaria mayúscula, pero les aseguro que encontrarán mucho más que un buen rato de lectura.

La novela del adolescente miope - Mircea Eliade

9 de abril de 2010 por Sra. Castro


La novela del adolescente miope está basada en los diarios que el propio Mircea Eliade escribió a lo largo de su adolescencia y juventud. El título está tomado de un libro que el propio Eliade adolescente proyectaba escribir y cuyo germen debían ser los cuadernos en los que el escritor anotaba sus impresiones o esbozaba a sus compañeros y amigos como si de personajes de novela se tratara.

El volumen publicado por Impedimenta recoge además Gaudeamus, con textos tomados de los diarios que el escritor rumano escribió después de su ingreso en la universidad. En ambos escritos se amalgaman las tumultuosas vivencias y contradicciones de la adolescencia, con la ferrea voluntad de un hombre que hubiera sido trasplantada al carácter todavía inmaduro de un muchacho. Tanto La novela del adolescente miope como Gaudeamus son ejemplos de profunda introspección, fruto de la necesidad de viviseccionarse a sí mismo que el autor padeció a lo largo de toda su vida.

La novela del adolescente miope es un texto curioso, habida cuenta de que recoge el diario íntimo de un muchacho. En sus páginas jamás se alude a la vida familiar del futuro escritor, si no es de pasada: Eliade se centra en el día a día del liceo en el que cursa estudios, pero sólo para dejar constancia de la forma en que la vida de estudiante ahoga en él las ansias de conocimiento y libertad. La enseñanza reglada, con su mediocridad y la violencia que ejerce sobre el intelecto, aterra al joven, que considera que sus conocimientos (adquiridos de forma autodidacta) y sus capacidades superan, no sólo las de sus compañeros, sino también las de sus propios maestros.

Esa terror a la medianía, a estancarse en ella, funciona como un motor que acicatea el muchacho y desarrolla en él una invencible fuerza de voluntad que le empuja siempre. El desarrollo de esa voluntad, sin embargo, es paulatino y el lector asiste a la lucha incansable entre disciplina y pereza. Cada vez que la vida le tienta con sus placeres mundanos, cada vez que se abandona a la inocencia de un paseo en compañía de sus amigos, el muchacho siente que traiciona a la mejor parte de él y se obliga a volver con redoblado esfuerzo a su tarea.

Se puede decir que Mircea Eliade tuvo desde siempre absoluta fe en sí mismo y en la idea de que podría llegar allá donde se había propuesto. Y si cuando era adolescente no tenía claro dónde estaba esa meta hacia la que estaba dispuesto a dirigirse pese a todo, se aprecia cómo progresivamente se aclaran sus ideas, encuentra su rumbo y decide no apartarse de él.

Mircea Eliade considera que es diferente del resto de sus coetáneos y, por lo general, se juzga superior; no sólo por sus cualidades, sino precisamente por haberse trazado un camino y luchar día a día para fortalecer la voluntad que le mantiene en él. Este aspecto resulta especialmente notorio en Gaudeamus, pues si bien al principio de su ingreso en la universidad se vuelca en la vida estudiantil y medita largamente sobre la felicidad de no estar solo, pronto retomará su aislada vida de trabajo.

Existe en Eliade una duda constante acerca de si su elección del estudio y el esfuerzo, en lugar de la vida despreocupada que le correspondería por su edad, ha sido correcta. Sin embargo, y esta es una idea central de Gaudeamus, el joven pretende diferenciarse del resto de sus compañeros gracias justamente al heroísmo que encierra el abandono voluntario de una vida placentera, para dedicarse a la erudición.

Mircea Eliade se propuso ser un héroe, hacer de la suya una existencia heroica en la que no hubiera espacio para las concesiones ni la autoindulgencia. Renunció a cualquier conato de vida al margen del estudio, e incluso al amor, que concebía como una humillación a la vez que una claudicación de todas sus creencias. Y esa lucha constante, ese desafío perenne a su intelecto y a su voluntad se recogen con sencillez y profundidad en los textos que componen estas obras, los cuales resultan una excelente muestra de introspección psicológica.


Reseña en Libertad Digital sobre "La librería"

El 31 de marzo, Víctor Gago publicó una magnífica reseña sobre la obra de Penelope Fitzgerald en Libertad Digital.

La librería, de Penélope Fitzgerald. Novela.
Traducción de Ana Bustelo. 181 páginas.
Editorial Impedimenta, 2010.

La librería cuenta la historia de Florence Green, una joven viuda en un pueblo prácticamente aislado en la costa de Suffolk, Inglaterra. Florence es una mujer “pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás”. Tiene “buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir”. En 1959, abre una librería en una vieja casa ruinosa, con fantasma y todo, junto a la playa, ante el desconcierto, primero, y las intrigas, después, de las fuerzas vivas de una aldea en la que, por aquel entonces, “uno no podía tomarse una ración de fish and chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos”. Un lugar de pescadores de arenques, cultivadores de guisantes, militares retirados,… gente, en fin, con mucho tiempo para ocuparse de los asuntos ajenos. La llegada a la librería de la edición de Lolita en Olympia Press (1955) desencadena una tormenta peor que la ventisca cortante y nórdica que azota con regularidad el pueblo.

Hay dos formas de mostrar la opresión en una obra de arte: nombrarla constantemente, describir sus poderes sobre los oprimidos, es una de ellas. Esta novela sigue un curso alternativo, más difícil y noble: el humor, incluso la ternura, con los opresores. La comunidad y sus convenciones se van cerrando sobre la frágil individualidad de Florence, sin que el lector advierta en la superficie de los hechos nada que no sea una estampa amable, humorística, de una sociedad rural típicamente inglesa a mediados del siglo XX.

Los retratos de personas y animales son un prodigio de ambivalencia tierna y mordaz.

El señor Keble, director de la sucursal del banco al que la protagonista acude para pedir un préstamo con el que rehabilitar la vieja casa, se nos presenta como un solitario al que todos evitan para no tener que pedirle dinero, un hombre taciturno y extraviado que prolonga todo lo que puede la entrevista con Florence en la oficina con consejos lunáticos sobre la llevanza del negocio de librería.

O esa escena en la que Florence ayuda al señor Raven a limar los dientes de un caballo que ha dejado de masticar y no digiere bien la hierba. Florence debe agarrar la escurridiza lengua mientras el paisano aplica una lima de hierro a los enormes piños. La estampa del animal después del tratamiento está llena de dulzura por el alma de las cosas:

Una vez le soltaron, el caballo dejó escapar un suspiro cavernoso y se quedó mirándoles como si estuviera tremendamente desilusionado. De las profundidades de su noble tripa llegó una nota cínica, que sonó más como una trompeta que como un cuerno, y que fue desapareciendo hasta convertirse en una risita. Salieron nubes de polvo de su cuerpo, igual que de un felpudo cuando se sacude. Luego, abandonando por completo todo el asunto, trotó a una distancia segura y bajó la cabeza para pastar. Al instante vio un trozo muy verde de angélica y empezó a comer como un poseso”.
Bajo esta superficie bucólica, levemente costumbrista, aguda en la observación y plácida en la forma, va creciendo una atmósfera tensa y opresiva alrededor de la protagonista, cada vez más sola y aislada frente a los designios de las convenciones de la comunidad.

La novela, desde el punto de vista de su anécdota, no es mucho más que una variante de la pugna entre el individuo y la sociedad. Lo que la convierte en una obra de arte es el talento de su autora para manejar este choque por debajo de lo que cuenta y, sobre todo, para que opresores y oprimidos formen una unidad tan misteriosa como ese polstergeist que convive con la protagonista en su librería.

Al principio del relato, se nos describe el vuelo de una garza con una angula en el pico. Ese instante de incertidumbre en el que la angula se resiste a ser engullida, en el que entra y sale del pico, es la clave de esta novela, según he creído entender. ¿No es, acaso, el único instante digno y noble antes de que el opresor aplaste al oprimido? En cierto sentido, la literatura se ocupa de ese instante: lo dilata, lo cuenta.

Lolita, la novela que escandaliza a la pequeña comunidad de La librería, no es un relato pornográfico, como creyeron ver en su superficie los editores americanos que rechazaron su publicación (de ahí, el simbolismo de la edición que llega a la cerril aldea costera de nuestra novela, la célebre edición de Olympia Press, el sello francés que la publicó en inglés en 1955), sino, ante todo, un relato sobre la crueldad con que se ejerce el poder; una historia de opresores (Dolores Haze, Lolita, Lo-li-ta) y oprimidos (Humbert Humbert). La literatura, los libros que hay en una librería, nos ayudan a convivir con el misterio de la naturaleza humana, a sobrevivir a sus instintos depredadores con nobleza, con humor, con ternura, con mundos hechos de palabras.

Penelope Fitzgerald (1916-2000) fue finalista con La Librería del Booker Prize en 1978, un premio que se le concedió al año siguiente por A la deriva. La señora Fitgerald nació en Oxford en el seno de una acomodada y tradicionalista familia de escritores, periodistas y teólogos, los Knox. Casó en 1941 con el soldado irlandés Desmond Fitzgerald, al que conoció durante la Segunda Guerra Mundial, un periodo en el que Penélope Fitgerald trabajó para la BBC. Fue una autora tardía. Su primer libro, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, se publicó en 1975. Dos años después, apareció su primera novela, The golden child. Publicó, desde entonces, entre otras, La librería (1978), A la deriva (1979), Human voices (1980) At Freddie’s (1982), Innocence (1986), El comienzo de la primavera (1988), The gate of Angels (1990) y La flor azul (1995), inspirada en la vida del poeta romántico alemán, Novalis. La señora Fitzgerald falleció en Londres en 2000. Ha sido comparada con Jane Austen, un parentesco que considero cabal. Al igual que la autora de Sentido y sensibilidad, posee un talento especial para mostrar la naturaleza de las convenciones sociales bajo la apariencia de un retrato amable, en sí mismo convencional, de las costumbres de la sociedad de su tiempo.

Apreciado lector: si está pensando en visitar una librería en las próximas horas, hágame caso y elija esta novela de la señora Penélope Fitzgerald.

Reseña sobre "La librería" de Penelope Fitzgerald en la Opinión de Málaga.

La Opinión de Málaga publicó el viernes 2 de abril una reseña sobre la obra 'La librería' de Penelope Fitzgerald editada por Impedimenta en el mes de marzo.

Sobre la pasión por la letra escrita

La editorial Impedimenta trae a España ‘La librería’, de Penelope Fitzgerald, una deliciosa novela de lectura obligada para todos aquellos que aman los libros y la literatura.

La escritora Penelope Fitzgerald, fallecida hace ahora diez años. L. O.

"Una viuda anodina dispuesta a abrir una librería en una vieja casa, por la que anda a sus anchas un molesto fantasma. Un pueblo que no quiere salir de su aburrida rutina. Una novela sobre el amor a la palabra escrita."
Todos los que amamos los libros hemos soñado, en algún momentode nuestras vidas, con una plácida existencia regentando una pequeña librería en la que atesorar clásicos y no tan clásicos, obras de arte e incipientes promesas de la literatura. Con eso sueña precisamente la protagonista de una magnífica novela que Impedimenta regala a los lectores españoles: ‘La librería’, de la británica Penelope Fitzgerald (1916-2000). La editorial se ha especializado en publicar y redescubrir para el público español a grandes autores, y cuenta ya con un amplio catálogo de alto nivel. Ahora vuelve a acertar de pleno. Esta novela, de apenas 180 páginas, es pura literatura, una de esas obras que todo amante de los libros debería leer, y nos presenta a una protagonista, que tiene mucho de anti-heroína, a la que es imposible no adorar desde la primera línea.
La trama se desarrolla en un pequeño pueblo de la costa inglesa, Hardborough, en el que la viuda Florence Green se debate en la duda de abrir o no un negocio. Allí no hay mucho que hacer, salvo ver pasar los días y mirar al cielo para ver qué regala el clima (“A menudo se consideraba que lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del Este de Inglaterra era llegar a sobrevivir. Muerte o curación, pensaban sus vecinos; una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio”, p. 10). Fitzgerald domina a la perfección las descripciones, es certera y destila el puro cinismo inglés y así construye a la insignificante viuda, que se atreve a abrir una librería en un viejo caserón, en el que habita un poltergeist, pese al enfrentamiento con las fuerzas vivas del pueblo (la odiosa señora Gamart), convencida de que los libros son fundamentales para crecer espiritualmente, para ser personas completas, aunque a ella le falte la formación necesaria para mostrar un denso bagaje cultural y necesite ayuda para decidirse a mostrar en su escaparate la polémica ‘Lolita’ de Nabokov.
Con una prosa ágil y palabras muy bien elegidas para decir lo que quiere sin artificios, la autora va construyendo una historia que atrapa al lector, que lo lleva como espectador de excepción a esos paisajes fríos, inhóspitos, bañados por mares norteños y donde la literatura, la buena y también la de consumo rápido, parecen no tener un lugar. En la narración de Fitzgerald hay destellos de la Jane Austen más seria, retazos de esa mirada descriptiva y casi inquisidora de Henry James. Y como en las historias de ambos autores, también hay unos secundarios bien trazados, muy reales. ‘La librería’ es una novela que merece la pena. Y Penelope Fitzgerald una escritora que hay que apuntar en la lista de imprescindibles. Con esta novela fue finalista del Booker Prize, premio que consiguió después con ‘A la deriva’. Impedimenta también publicará ‘El comienzo de la primavera’. Esperemos que llegue pronto.

Virginia Guzmán.

Entrevista a Enrique Redel en Revista de Letras


Josep A. Muñoz publicó, el día 4 de abril, una entrevista muy completa e interesante a Enrique Redel en la sección XXII Editores de la Revista de Letras:

"¿Os habéis encontrado alguna vez en la tesitura de querer tener toda una biblioteca, además de por la calidad indiscutible de las obras incluidas en ella, por la belleza de sus ediciones? Reconozco que a mi me ha sucedido alguna que otra vez. La última, cuando comencé a admirar los cuidados volúmenes de Impedimenta, editorial que no cesa de poner ante nuestras manos (y ojos) libros con los que, y perdonad la expresión, se nos cae la baba.

Nuestro editor invitado de hoy es Enrique Redel, responsable, junto a su equipo, de que tengamos a nuestro alcance estas maravillosas provocaciones. Reconozco que me ha sido difícil seleccionar las portadas que ilustran nuestra entrevista. Son tan bonitas que daba pena descartar algunas. Así que he puesto todas las que he podido, de tal modo que se puede leer lo que nos cuenta Enrique, mientras se disfruta con las cubiertas del catálogo de la editorial. Imaginad estar en una exposición y que el editor es vuestro guía.

A modo de test…

¿Cuándo decidiste ser editor y por qué?

El libro es un vicio complicado, y manejarlo un trabajo diría que violentamente vocacional. Desde que tengo uso de razón me recuerdo rodeado de libros (un gusto que desarrollé por iniciativa propia, casi por cabezonería, no por una especial imposición de mi entorno). Antes que editor, fui un lector compulsivo, por principio y por sistema. Y recomendador de mis lecturas, ante todo. Por tanto, he de partir de la idea de que para mí la edición no ha constituido una “salida profesional”, ni he acabado siendo editor porque en un momento dado se me presentase una oportunidad laboral jugosa. Hace no mucho tiempo, bombardeado por las machaconas experiencias de muchos de mis amigos escritores, que hablaban de su carácter vocacional, frente a la actitud más “fríamente mercantil” de los editores, recordé algo que me pareció muy revelador. Con diez u once años, mientras mis amigos jugaban al fútbol, o a perseguirse por el parque, yo acostumbraba a hacer libros, que yo mismo escribía, ilustraba, encuadernaba y vendía. Ejemplares únicos, naturalmente, y poco rentables, creo yo. Dicho esto, empecé profesionalmente en el mundo de la edición cerca de la treintena, hace ya diez años, tras haber ejercido durante cinco años como abogado, un campo absolutamente insatisfactorio desde el mi primer contacto con la disciplina (creo que asistí a pocas las clases en la facultad. En cambio me pasaba el día en el edificio de Filología de la Complutense, leyendo a Joyce, a Beckett, a Henry Miller, a Georges Perec, o en los campos de deporte de al lado viendo partidos de rugby). Una vez empecé a trabajar en una editorial, muy pronto descubrí que no sólo era lo que quería hacer, sino también lo que sabía hacer, y que podía echarme con toda naturalidad el peso de una editorial entera a las espaldas sin morir en el intento. Y más tarde comprendí que mis ideas respecto a este negocio eran lo bastante personales como para no gastarlas al servicio de editoriales que no las merecían. Y por eso monté Impedimenta, donde no pasa un día en que no aprenda algo.

¿Cuál es el criterio principal de tu catálogo?

Ante todo la selección. Por cada título que elijo dejo pasar veinte. Para mí es fundamental que los títulos publicados en Impedimenta sean necesarios. Existe una cierta tendencia en algunas editoriales “de recuperación” a rescatar títulos ignotos, raros y mediocres de grandes autores, sólo por el prurito de encontrar “el tesoro perdido”, aunque ese “tesoro” sea realmente una novela inacabada, imperfecta o secundaria dentro de la producción de ese autor. Nuestra consigna es sacar nada más libros que añadan, y que susciten un genuino interés por parte del lector, que generen ilusión por sí mismos, no meramente la sensación de que se rellena un hueco. Hay muchos libros buenos por ahí. Por otro lado, intentamos imprimir en nuestros títulos un cuidado estético y formal que haga del libro un objeto de deseo. Sería incapaz de comprar un libro feo, así que intento que todos nuestros libros estén bien hechos.

¿Primer libro publicado?


Hace ya muchos años, El país de la dama eléctrica, de Marcelo Cohen, un libro que, aún hoy, me transmite una energía increíble. En Impedimenta, La abadesa de Castro, la primera de las Crónicas Italianas de Stendhal, una novela brutal pero delicada, pura literatura de amor y aventuras. En traducción de Olalla García y con prólogo de Pablo d’Ors.

¿El libro más difícil? (de editar, de conseguir, de vender… interpretación libre).

En este caso, un libro difícil de contratar. Mujeres, de Mihail Sebastian. Tardamos un año entero en conseguirlo. El autor, judío rumano exiliado, murió atropellado por un tanque ruso en los días siguientes a la liberación de Bucarest, y a pesar de que contábamos con el beneplácito de sus herederos, residentes en Francia, una agencia de gestión de derechos rumana nos llamó de un modo bastante amenazante reclamando la propiedad de la obra de este autor, en base a oscuros argumentos legales (se nos llegó a decir que, puesto que Sebastian había muerto atropellado por el Estado, los derechos le pertenecían a ese Estado, algo bastante absurdo). Tras consultar con el resto de sus editores en España y Francia (Destino, Pre-Textos, L’Herne), decidimos seguir adelante, a pesar de las amenazas de la agencia. Finalmente, el asunto no fue a mayores, pero durante un tiempo el proyecto a punto estuvo de zozobrar. Afortunadamente, el título fue muy bien y vendimos dos ediciones.

¿Qué libro te hubiera gustado publicar y has debido rechazar? (por estar ya editado, por problemas de derechos, por no encajar en tu colección…).

No se trata de un hecho aislado. Constantemente nos topamos con libros realmente apetecibles que, por las más diversas razones se hacen inalcanzables, o bien comercialmente poco recomendables. En la práctica totalidad de las ocasiones, es porque hay otros editores que tienen los derechos, o bien porque existe una edición reciente en el mercado, y si tú publicas el libro probablemente no llegue a tantos lectores como sería deseable. Otras veces vas como un loco a por un libro, y te enteras en el último momento de que el libro ha sido vendido a una editorial más grande. Recuerdo con especial cariño una novela magnífica de George Orwell, muy desconocida en estos lares, Keep the Aspidistra Flying, para la que incluso ya teníamos traductor, a la que optamos muy al principio, recién fundada la editorial y que finalmente acabaría publicando Tusquets bajo el título de ¡Venciste, Rosemary! (se trató de uno de esos casos en que la agencia no sabía que había vendido el libro, algo que a veces pasa). Me dio mucha lástima, porque habría matado por tener esa novela en nuestro catálogo. Me alivió que fuese Tusquets quien la publicase, porque se trata de una editorial a la altura del título. Pero el prurito sigue ahí…

¿Qué te impulsa a publicar un libro, además de verlo en tu catálogo?

Antes que nada, mi gusto personal, luego el pálpito de que se trata de un libro interesante, y finalmente la pulsión de recomendarlo. Creo que no podría publicar un libro que yo mismo no le pudiera recomendar a mis amigos, a la gente que tengo cerca, con toda la pasión de que soy capaz. O un libro que no me pareciera atractivo a priori, desde un punto de vista personal. Jamás publicaría un libro que no me gustara solamente porque intuyera que iba a funcionar bien en librerías. Ciertamente, hay títulos que sabes que serán más difíciles (estoy pensando en Amor de Artur, de X. L. Méndez Ferrín, o De la elegancia mientras se duerme, del Vizconde Lascano Tegui), pero eso no me suele disuadir de impulsar su publicación, porque son títulos que a mí me dicen algo, que logran emocionarme. Creo que la energía del editor se transmite, y que el lector está ávido de que alguien le recomiende algo sinceramente, y que le tome en serio.

¿Qué te impide publicar un libro?

Pocas cosas. Que esté ya contratado, o que siendo un título en dominio público, se trate de un libro publicado muy recientemente, haciendo que el mercado no lo demande. También puede ocurrir que se trate de un libro para el que me exijan un adelanto demasiado alto, de modo que afrontar su publicación ponga en peligro la propia continuidad del sello. Hay que tener claro que en tu cabeza un libro siempre ha de ser rentable a priori. Sabes que hay libros difíciles, pero el común de tu catálogo te tiene que dar alas para seguir publicando. Lo que nunca me disuadirá será la posible carga ideológica del libro, o bien la trayectoria de su autor. El hecho de que Wyndham Lewis fuese considerado un autor polémico por parte de muchos lectores no sólo no me disuadió de publicar Estallidos y bombardeos, o próximamente Los monos de Dios, sino que me animó a hacerlo con más energía.

La trayectoria política de Méndez Ferrín, muy polémica, políticamente incorrecta, no hace que Amor de Artur no sea una obra maestra de la narrativa peninsular moderna, ni que Méndez Ferrín no sea un eterno candidato al Nobel.

Por curiosidad: ¿Por cuántos correctores pasan tus libros?

Dos, y en ocasiones hasta tres. Aun así, siempre se te pasa alguna errata, lo cual es bastante frustrante.

¿Libro electrónico?

Será un nuevo formato, y sinceramente creo que de futuro incierto, a no ser que marque sus propias reglas y cree sus propios géneros. Soy de la opinión de que para leer Moby Dick el cacharro ya está inventado, y se llama “libro en papel” (la imprenta de Gutenberg creó un género, la novela, que se adaptaba perfectamente al nuevo formato. El libro electrónico tendrá que crear su nuevo género, adaptado a ese nuevo paradigma). Creo que el e-book no creará nuevos lectores, y que somos una minoría quienes buscamos libros descatalogados y fuera de circulación, y para los que el espacio de almacenaje de libros es un problema, y por tanto virtuales destinatarios del gadget llamado “libro electrónico”. La mayoría del público lector elige entre lo que se le ofrece en las librerías, y por tanto no necesita específicamente del libro electrónico como tal. Otra cosa es que el e-book haga cosas que el libro tradicional no hace, y entonces seré el primero en comprarme uno. Por ahora, y esto es raro en mí, porque soy un tecnófilo, el artefacto no me atrae… Además, está el asunto de que se trata de un invento donde todo tiene fecha de caducidad: el aparato en sí, el propio formato del archivo que se lee, la tecnología…

Confiesa: Vas a una librería. ¿Recolocas tus libros en las mesas de novedades o en los estantes cuando no están bien visibles?

Sonará extraño, pero cuando voy a una librería intento no fijarme en si están mis libros o no, y de qué manera. Inspeccionar los libros de uno es algo que causa un sufrimiento infinito, una congoja cruel. No quiero perder el placer de ir a una librería a pasármelo bien. Este es un negocio bastante competitivo (el espacio es muy limitado, y hay muchos, muchísimos libros muy brillantes y muy bien hechos), así que si uno se obsesiona en la presencia que tiene en una librería, siempre llevará las de perder. Estará abonado a la paranoia. Intento que el librero conozca mis libros, sepa que le van a llegar, y luego obre y actúe en consecuencia. Con eso me conformo.

Imagina: En unos años, debido al éxito de la editorial, te ofrecen formar parte de un grupo o venderla. ¿Qué haces?

Hombre, no me lo había planteado, ja, ja… Aparte de que me parece bastante lejana esa posibilidad, me inclino a pensar que intentaría en todo caso mantener mi editorial en mis manos pasase lo que pasase (y eso incluye marcar la política estética, filosófica y de títulos, sin que nadie se inmiscuya). Siempre se ha dicho que la verdadera obra de un editor es su catálogo, así que no tiene que ser muy agradable dejar tu drama a medio terminar y que sean otros, con intereses difusos, los que escriban el desenlace. Habitualmente lo que impera en los grandes grupos es la pura rentabilidad (lo que no quiere decir que muchos de los libros que más me gustan del mundo no hayan partido de una multinacional), y lo que nos caracteriza a nosotros es más bien la personalidad, la identidad, la independencia de criterios, que haya un editor con nombre y apellidos detrás de la mesa cuyo rumbo personal sea el de la editorial. Si un gran grupo u otra editorial comprase Impedimenta, se llevaría un nombre, una marca y la explotación de un fondo histórico, pero el engendro o el invento dejaría de ser Impedimenta para ser otra cosa.

Con lo poco tiempo que lleva la editorial, ¡menuda guerra estás dando! Haznos un balance de estos dos años y medio de arduo trabajo.

Lo cierto es que el nivel de la nueva edición española es estratosférico. Eso hace muy complicado que un proyecto independiente como Impedimenta, que viene avalado simplemente con un catálogo y con el nombre de un editor, logre cautivar a los lectores, sometidos a una oferta de grandísima calidad. Por eso fuimos nosotros los primeros sorprendidos cuando nuestros primeros títulos, allá por el otoño de 2007, empezaron a concitar la atención de la gente, y vimos que iban funcionando en librerías, siempre con la ayuda de un distribuidor cómplice que era nuestros ojos y nuestros oídos en las librerías. Desde entonces hemos publicado cerca de 40 títulos, sobre todo de narrativa (abarcando novela, relato y antologías de textos temáticos), con un alto nivel de reimpresión (segundas y terceras ediciones). Tuvimos la suerte de que uno de nuestros títulos, concretamente el séptimo que publicamos, Botchan, de Natsume Soseki (uno de los libros más leídos en Japón desde hace cien años) fuera galardonado en 2008 con el Premi Llibreter (Premio de los libreros catalanes al mejor libro del año). Asimismo, junto al resto de editores del Grupo Contexto, nos fue concedido ese mismo año el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial. La labor diaria es dura (trabajamos una media de diez o doce horas al día, y la mayor parte de los fines de semana del año), pero gracias a esos dos premios la cuesta se hace menos pronunciada. Empezamos haciendo más incidencia en el libro clásico, pero ahora, gracias a libros como Un hombre que duerme, de Georges Perec, y sobre todo de La hija del optimista, de Eudora Welty, La librería, de Penelope Fitzgerald o de La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, estamos abriéndonos paso en el fértil terreno de los clásicos modernos (literatura del XX, abarcando desde los años veinte a los noventa), una decisión que nos está dando grandes alegrías.


Curiosidad: ¿Cómo surgió el nombre de la editorial?

Empezó como una especie de broma privada. Lo cierto es que yo siempre voy por ahí cargado de libros. Yo a ese fardo de libros que sacaba a pasear lo llamaba “la impedimenta”. La impedimenta, no sé si lo sabrás, era el equipaje que llevaban los legionarios romanos a la batalla. En ese bagaje llevaban todo: la espada, la lanza, las raciones de comida, la cantimplora, el casco, todo. Era un equipaje tan pesado que les doblaba la espalda y les hacía maldecir, pero no podían tirar nada, porque era lo imprescindible. En caso de que se deshicieran de algo, era probable que murieran en la batalla. Decidí llamar a la editorial “Impedimenta” porque para mí la cultura no es algo liviano, un mero divertimento, un simple pasatiempo. Es algo más. La cultura pesa. Concretamente pesa tres mil años o más de tradición. Quería que nuestro catálogo constase solamente de títulos imprescindibles. Libros que uno se llevaría en una mudanza. Libros que no fueran de leer y tirar sino de leer y guardar. Por eso el concepto de Impedimenta casaba de un modo tan claro con nuestra filosofía.

Si te parece, vamos a seguir una parte de la entrevista a partir de la experiencia como lector. Vemos un libro de Impedimenta en la mesa de novedades. Y lo primero que nos llama la atención es el diseño, las elegantes y hermosas cubiertas. Dices que uno de tus objetivos es que las obras “se guarden”. Efectivamente, por su diseño, parecen más ejemplares de otra época, de aquellos libros bonitos que encontramos en las librerías de lance. ¿Te preocupaba mucho que, además del contenido, las ediciones fueran “libros-objeto”?

Antes que nada, gracias por lo que dices de nuestros libros. Evidentemente, intentamos que sean bonitos, y que uno pueda encontrar en ellos más que el propio texto que contienen. Creo que el concepto de libro no puede desligarse del concepto de objeto. El libro es una cosa. Y esa cosa puede ser agradable, neutra, o incluso desagradable. Optamos por lo primero. Al menos lo intentamos. Un libro contiene un mensaje, y ese mensaje es multiforme, abarcando el propio contenido literario, marcado por el autor, pero también una serie de contraseñas estéticas que hacen que ese libro gane valor: una buena elección del motivo de cubierta, un papel agradable, una maquetación armoniosa. Lo curioso es que eso no es especialmente costoso, o al menos no es más costoso que invertir en otras variables presentes en el propio libro. Esto es: hacer que un libro sea hermoso es más cuestión de esfuerzo y de proyecto, que de dinero. No concibo comprar un libro mal hecho, igual que no me gustan las películas mal hechas o los cuadros feos. Por tanto, considero fundamental vestir al libro como se merece. También por respeto al lector y al autor.

Vuestras ediciones, como comentabas antes, ya han logrado reconocimientos como el Premi Llibreter o el Nacional a la Mejor Labor Editorial concedido a la Asociación Contexto, a la que pertenecéis. Imagino lo orgulloso que estarás de tus hijos de papel…

Creo que más bien el éxito de la editorial ha sido todo producto de una labor de equipo: buenos traductores (a los que les gustan las obras objeto de encargo), un buen distribuidor cómplice, un impresor que se esfuerza en hacer bien su trabajo, a pesar de las adversidades, y una red de libreros abiertos a nuevas propuestas interesantes. El Premio Nacional deviene de una dinámica bastante inusual en el panorama literario de cualquier país. Varias editoriales pequeñas, con propuestas cuando menos curiosas, y que poco a poco van ocupando el lugar de editoriales de más historia, en vez de competir entre ellas se unen para alcanzar objetivos comunes. Eso es inédito, realmente. Creo que en realidad fue un premio colectivo a la nueva edición española, a la nueva generación de editores con ganas de cuidar el libro y de destapar proyectos interesantes.

Después de acercarnos para deleitarnos con la belleza del libro, descubrimos que es, claro, la obra de un autor clásico del canon occidental o bien un contemporáneo de referencia. Has demostrado que aún se puede trabajar sobre las grandes obras. Ante la opción de publicar el texto ya clásico de un autor y otro menos conocido del mismo, ¿te inclinarías siempre por el menos conocido?

Dependerá de varios factores. Evidentemente, si el texto ya clásico está demasiado editado, y hay ediciones vivas en el mercado, una nueva publicación, aunque sea con traducción nueva, no añadiría nada. Sería redundante. Me encantaría ser el editor de Huckleberry Finn, o incluso de La cartuja de Parma. Pero da la casualidad de que ya hay dos excelentes ediciones de Mondadori en el mercado, y por tanto publicar estas dos obras lo único que haría es montar ruido. Por otro lado, si el título menos conocido del autor no pasase los estándares de calidad de la editorial, tampoco la publicaría. Pienso, por ejemplo, en un par de pequeñas nouvelles de E. M. Forster que hemos dejado pasar por esa razón, o bien en un par de obras, a mi gusto imperfectas, del americano Theodore Dreiser.

Una de las virtudes de los editores independientes que se dedican a este tipo de libros es la de saber bucear entre lo inédito o poco difundido. ¿Te has llevado muchas sorpresas o lo que has ido publicando ya lo tenías en cartera?

Efectivamente, uno se lleva sorpresas mayúsculas cuando se topa con pequeños tesoros y luego descubre que, por alguna razón, estas obras no han sido publicadas en castellano. Ocurre que a veces te cae un libro en las manos, y cuando lo terminas de leer, encantado, descubres que nadie lo había publicado en castellano antes. Eso ocurre en bastantes más ocasiones de lo que parece. Empezando por Stifter, pasando por Jean de la Ville de Mirmont, y terminando por Stanislaw Lem. Me referiré, sin embargo, a dos casos especialmente curiosos: el primero es el de Eudora Welty, una auténtica referencia en el mundo anglosajón, comparable a Faulkner o a McCullers. Hacía tiempo que había leído La hija del optimista, en sus obras completas de la Library of America. Premio Pulitzer, fuerte carga autobiográfica, y una extensión perfecta. De repente, una agencia barcelonesa nos ofreció la publicación en castellano, y fue entonces cuando descubrimos que nadie antes la había editado en este idioma. Realmente sorprendente, porque se ha convertido en uno de nuestros títulos de referencia. El segundo caso es Botchan, de Natsume Soseki. Un título que se ha convertido, sin duda, en nuestro buque insignia. También inédito en castellano, cuando es una de las obras nacionales de Japón (cien años vendiéndose sin parar), y además dotada de una enorme vigencia.

¿Qué te lleva a decidir incluir una introducción de la obra o no hacerlo?

Al inicio fue una cuestión de principios, y lo hacíamos con todos. Teníamos como modelo a la exquisita editorial británica Hesperus Press, que incluía en todas sus ediciones un prólogo que actualizaba en cierto modo el mensaje de un título clásico o bien de un clásico moderno. Luego, conforme fuimos dando a la imprenta más títulos, descubrimos que en algunas ocasiones el prólogo sobraba, y en otras que incluso estorbaba o era contraproducente. Básicamente, la pertinencia del prólogo tiene que ver con la necesidad de poner en antecedentes al lector sobre un autor o su obra. Es diferente publicar a Dickens, autor suficientemente conocido, o con una obra ya puesta en contexto, que publicar a Lascano Tegui o una delicada obra de Stendhal, como Los Cenci, dos casos en que se hace necesario reforzar el libro con un aparato previo que explique las claves del autor o la obra. Últimamente intentamos no incluir muchas introducciones, a no ser que añadan algo crucial o sean estrictamente necesarias.

La traducción es un aspecto muy delicado que, desgraciadamente, no siempre se tiene en cuenta. El respeto de Impedimenta es tal que, al igual que otras editoriales (pocas, añadiría) incluye el nombre del traductor en la cubierta. ¿Te resulta complejo escoger al traductor ideal para determinado libro?

Dos de los tres socios de Impedimenta son traductores. Cuando fundamos la editorial nos pusimos como norma intentar dignificar en la medida de lo posible la figura del traductor, darle una dimensión que trascendiera la del profesional que realiza un mero trabajo por encargo. Creíamos que lo más razonable sería asignar cada obra a un traductor que disfrutara con el trabajo, y que incluso estuviera especializado en el autor. Eso no siempre es posible, por cuestiones de plazos, de calendarios, de disponibilidad, o incluso de idoneidad. Cuando un traductor hace una obra no sólo por el encargo, sino porque la obra le dice algo más, ese algo más se nota. Ahí está Mujeres, de Mihail Sebastian, traducido por Marian Ochoa, gran conocedora del autor; o El sendero en el bosque, de Adalbert Stifter, que fue una propuesta del propio traductor, Carlos d’Ors. O los dos libros de Georges Perec, Lo infraordinario y Un hombre que duerme, publicados gracias al empeño de Mercedes Cebrián. En fin, damos enorme importancia a la presencia del traductor en las cubiertas, incluimos sus biografías en nuestra página web, en nuestras fichas de prensa, e intentamos que su presencia se note.

El catálogo lo conforman obras narrativas. ¿No dejarás sitio para el ensayo o la poesía?

En el caso de la poesía, por ahora no. Nos sentimos lectores de narrativa, antes que otra cosa, y a pesar de que nos gusta la poesía, y mucho, no nos sentimos con autoridad para publicar y para recomendar obras en este género. En cuanto al ensayo, tenemos una colección, “El panteón portátil de Impedimenta”, dedicada al ensayo “blando”, divulgativo, a la no ficción dirigida a lectores de narrativa. En ella hemos publicado ya dos obras “temáticas”: El Rival de Prometeo (Vidas de autómatas ilustres), consagrada a la inteligencia artificial desde la Ilustración hasta la actualidad, con textos de Allan Poe y de Bierce, pero también de Freud, Diderot o Descartes; y Francia combatiente, de Edith Wharton, un recorrido por la cicatriz bélica de la primera guerra mundial, desde Dunquerque a Belfort, que le valió a su autora la concesión de la Orden de la Legión de Honor Francesa. Esto es, sí estamos interesados en la publicación de ensayo, pero desde un punto de vista muy abierto, poco militante.

Tampoco encontramos a autores españoles. ¿Te verás tentado a rescatar a algún compatriota o crees que resultará difícil?

Está en nuestro ideario publicar autores españoles, y de hecho a los tres meses de comenzar a publicar sacamos a la luz El perfume del cardamomo, de Andrés Ibáñez, una excelente recopilación de cuentos chinos que funcionó magníficamente. Creemos que la labor del editor consiste en apostar, más que en jugar a valores seguros. Somos extremadamente selectivos, y el problema es que raramente encontramos entre lo que nos envían y lo que buscamos obras que nos resulten verdaderamente interesantes (entre otras cosas porque la mayoría de los autores que admiramos tienen ya una trayectoria sólida en otros sellos, y además no nos interesa demasiado la literatura muy apegada al aquí y ahora). Puedo adelantarte, no obstante, que en mayo publicaremos el próximo libro de relatos de Pilar Adón, El dios de los vacíos. Pilar llevaba cuatro años trabajando en él, es un libro excepcional, de lo mejor que he leído en mucho tiempo, un libro al que, lógicamente, hemos venido siguiendo la pista muy de cerca, y que ahonda en el género que Pilar domina con más autoridad, el relato (no olvidemos que su anterior libro, Viajes inocentes, fue galardonado con el Premio Ojo Crítico de Narrativa, en 2005). Creemos que su editorial es Impedimenta, y que si este sello aspira a lo máximo, tiene que publicar este libro sí o sí. Además, puede ser una importante piedra de toque para abrir una línea, que esperamos tenga continuidad, recuperando obras interesantes de autores españoles contemporáneos.

Por las características de las ediciones de Impedimenta, los nuevos soportes electrónicos no encajarían con tu filosofía, simplemente estarías ofreciendo el texto traducido pero sin el placer de ver y tocar el libro. En este sentido, ¿te ves como uno de los últimos románticos?

Ja, ja… En absoluto. Simplemente soy editor de libros, y por ahora el formato que mejor responde a mis inquietudes es el libro en papel. Es difícil dotar a un e-book de personalidad, pero el día en que el e-book me ofrezca algo que el papel no me ofrece, y que eso me parezca interesante, saltaré a otros formatos sin dudarlo.

Paseamos por Facebook y te vemos ahí, participando de la comunicación a través de internet, que os ha abierto muchas puertas y en la que puedes contactar con gente que os sigue. Precisamente los editores independientes sois los que mejor estáis utilizando estas vías. ¿Crees que, en la actualidad, la fuerza de difusión ya no es tal en la prensa convencional, en la crítica tradicional y hay que moverse más por la Red a través de foros, blogs o medios online?


Eso sin duda. Cuando yo empecé a editar, hace ya una década, aparecer en un determinado suplemento de cierto diario de tirada nacional podía multiplicar las ventas de un libro por dos o por tres, e incluso servía para consagrar un sello. Existía una fuerte capacidad de prescripción por parte de los medios tradicionales, y sus “recomendadores” tenían un amplio predicamento. De un tiempo a esta parte, sin embargo, esa tendencia ha cambiado. Cada vez se leen menos diarios en papel, cada vez los espacios de cultura y de opinión se ven más relegados en los periódicos a páginas residuales, fuertemente mediatizadas y a menudo cargadas de publicidad. La red hierve de lectores dispuestos a dar su punto de vista sobre un libro, o sobre un autor o sobre una editorial. Lectores nada envarados, poco sospechosos de que su criterio obedezca a mandatos comerciales, muy apegados al gusto del público en general, que crean tendencia porque son pares de muchos otros lectores que además se fían de su criterio. Los blogs y las redes sociales permiten que nuestras apuestas lleguen a un público muy segmentado, pero tremendamente fiel, que busca algo muy específico, y que tiende a especializarse. Y nos permite también personalizar nuestro mensaje casi de lector a lector, y dosificar nuestra información de un modo muy flexible. La red basa su poder en la capacidad de linkear contenidos, y de ese modo es posible que cualquier reseña, comentario o novedad se reboten de un modo exponencial.

¿Qué es lo que te produce más dolores de cabeza de todo el proceso de publicar un libro, desde el momento que decides incluirlo en tu catálogo hasta que está, por fin, en las librerías?

Paradójicamente, lo más difícil es hacer que finalmente esos libros se vendan, que lleguen a su público lector. Los procesos iniciales dependen del editor: elegir el título, conseguir un buen traductor o una corrección que realce su valor, maquetarlo y diseñarlo, y lograr entusiasmar al librero. Pero si el eslabón final falla, todo el trabajo es el vano. Con los limitados recursos con que contamos, tenemos que conseguir que se oiga hablar de nuestro libro, de entre todos los libros que se editan cada semana, cada mes. Muchas veces, la parte final del proceso escapa a tu control, y por eso es la fase más incierta, porque ahí es donde el libro tiene que dar la talla, casi sin ayuda de nadie.

¿Y la “niña de tus ojos”? ¿La joya de Impedimenta? (y no me digas que Pilar Adón, que te conozco).

Evidentemente, Pilar Adón, ja, ja… No, ahora en serio. Cada vez que publicamos un libro, y no es un tópico, en Impedimenta nos matamos por él. Durante unas semanas es el centro de atención de todo el equipo, e intentamos que funcione y se vea, que le lea y se difunda y se venda. No obstante, siempre hay apuestas puntuales en cada temporada, en la que fuerza la máquina, quizás en mayor medida que en el resto de los libros. En muchos casos, esos títulos “apuesta” nos dan grandes alegrías: Botchan, de Natsume Soseki; La hija del optimista, de Eudora Welty; Para leer al anochecer, de Charles Dickens, o El hospital de la transfiguración, de Stanislaw Lem. Ahora, nuestro título estrella es La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons.

Acabáis de publicar dos joyas ya referidas: La novela de Gibbons, de la que se hizo una adaptación cinematográfica hace unos años con mucho éxito, y La librería, de Penelope Fitzgerald. Danos unas pinceladas sobre las dos obras.

A pesar de que hicimos muchísima incidencia con este libro desde el principio, La hija de Robert Poste ha sido la auténtica sorpresa de este año. Agotamos en tres semanas la primera edición de 3000 ejemplares, y acabamos de recibir la noticia de que la segunda, de 1000 ejemplares, se ha vendido en apenas cinco días. Estamos muy contentos, porque se trata de algo realmente inusual. El título, no obstante, lo vale. Considerada por algunos críticos como la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX, y galardonada con el Premio Femina, narra la historia de una niña “bien”, Flora Poste, que tras quedarse huérfana se ve obligada a mudarse de Londres e irse a vivir con unos parientes rústicos del campo, los Starkadders, que son una panoplia de tipos de lo más grotesco: hay un predicador que atemoriza a sus fieles, los “estremecidos”; una muchacha de servir que se queda preñada todos los años, cuando florece la parravirgen; una etérea muchacha que se pasea por los campos declamando poesía; y todos ellos están sometidos al imperio de la tiránica matriarca, Ada Doom, una mujer que nunca sale de su habitación y que cuando era pequeña vio “algo sucio en la leñera” que la traumatizó para siempre. El choque entre la bienpensante Flora y los patéticos Starkadders, todo ello mezclado con una ácida parodia del género de la narrativa rural inglesa, hace que la novela sea tremendamente graciosa, y muy agradable de leer.

Por otro lado, La librería, de Penelope Fitzgerald, finalista del Booker Prize, es una tragicomedia sutil, ambientada en un pequeño pueblo inglés en los años cincuenta, en el que no hay de nada, que narra la historia de Florence Green, una mujer de media edad que decide montar una librería en el pueblo. Poco a poco, de un modo soterrado, todos los habitantes del lugar se conjuran para que la librería cierre. Se trata de una novelita que se lee en un santiamén, dotada de un humor cruel, y que se debe a la pluma de una de las grandes damas de la narrativa inglesa última.

¿Serán estas vuestras novedades para la Feria del Libro de Madrid, o guardáis algún conejo en la chistera?

Precisamente mientras escribo estas líneas está a punto de llegar a las librerías otra (la tercera, de hecho) de las grandes apuestas de Impedimenta para esta primavera: se trata de Soy un gato, de Natsume Soseki. Una obra mítica de la literatura japonesa, la obra que consagró a Natsume Soseki como un escritor de masas, que narra las aventuras de un gato un poco bastante misantrópico, que se ve obligado a compartir su vida con una caterva de extraños personajes pertenecientes a la bienpensante clase media tokiota de la era Meiji. La novela es divertidísima, de hecho una de las cumbres de la literatura gatuna mundial, y una obra muy recomendable para pasar estos días de tímida primavera al resguardo de las noticias de la televisión, que nunca son buenas."

José A. Muñoz

martes, 23 de marzo de 2010

"El jardín de los suplicios"

En un artículo de la web HERALDO.es, el 18 de marzo, Daniel Nesquens habla sobre la publicación de "El jardín de los suplicios".

El escritor Octave Mirbeau, de actualidad ahora en España. HA

Escritor, periodista, crítico de arte, novelista, dramaturgo; anticlerical, anarquista, francés… Octave Mirbeau (1848-1917) debuta, después de un tiempo ejerciendo como negro literario, con ‘El Calvario’ (1886). Dos años después escribe ‘El abate Julio’. Sigue publicando con regularidad y es en 1899 cuando aparece ‘Memoria de George el amargado’, también disponible en el catálogo de Impedimenta, y ‘El jardín de los Suplicios’; obra que constituye un escándalo mayúsculo dentro de la sociedad francesa y que cosecha de forma inmediata un notable éxito acomodando a novela y novelista dentro de esa nueva corriente artística, filosófica y literaria que es el Decadentismo.

Pasado más de un siglo (pueden hacer la cuenta exacta) volvemos a un estancamiento económico y a un desánimo corrosivo. Progresamos en nuestra zozobra social y huimos y caemos al mismo tiempo dentro de nosotros mismos. Tal vez por ello la editorial Impedimenta haya rescatado con notable acierto este collage literario. (Y lo mismo hace El Olivo Azul). Tal vez por ello Lluís María Todó, novelista, crítico haya decidido traducir, estupendamente, esta obra considerada como una de las mejores novelas del decadentismo francés.


La capacidad de corromper

Dividida en tres tercios claramente diferenciadas, cronológicamente situados a finales del siglo XIX, en pleno caso Dreyfus como nos señala el editor, el rebelde Mirbeau nos propone en esta primera parte denominada ‘Frontispicio’ sentarnos a la mesa junto con varios amigos y degustar una velada sincera sobre el asesinato y la obligación innata de asesinar. “el asesinato es la necesidad más imperiosa de la vida civilizada”, asegura un sabio darvinista asistente a la tertulia con la que da comienzo el libro. Párrafo a párrafo el resto de contertulios se va retratando hasta llegar a un hombre de rostro desfigurado que, después de varias frases muestra un rollo de papel y pide permiso para dar lectura al relato titulado ‘El Jardín de los Suplicios’.


La segunda parte de la novela y primera del relato del joven nos narra los orígenes de un hombre involucrado de forma continua en una secuencia de turbios e ilícitos manejos políticos siempre a favor de un amigo “ese bandido de Eugène” que atenaza el cargo de ministro de la República.


Amistad comprometida que llega a su término en forma de viaje al otro extremo del mundo con el fin de poner tierra de por medio y apaciguar las cenizas del pecado ministerial. Es en ese viaje, a bordo de un paquebote, en donde el oscuro narrador conoce a un gentilhombre (sustantivo que nos hace evocar otras lecturas) y a varias personas más. Entre ellas a una inglesa: Miss Clara. Y claro, el narrador se enamora de esta vidriosa mujer amante del Oriente, detractora del Occidente. Evidentemente, llevado por este amor, el corrupto cambia su destino en pos de un Oriente “libre, feliz, total, sin convicciones, sin prejuicios, sin leyes…”.


Un vacío nos hace saltar de la segunda a ‘El jardín de los Suplicios’, o tercera parte de este libro-collage que es en sí la novela. Un resquicio que nos va a permitir respirar y tomar aire unos minutos para adentrarnos en el momento más formidable del libro, en el Jardín como tal. Y en un jardín, si se observa a conciencia, hay de todo. Ya en China, Clara propone al anónimo narrador un paseo por el penal situado al otro lado del río. “Ya verás cómo es apasionante… ¡Tan apasionante! No puedes hacerte una idea, amor mío. Y cuánto te amaré esta noche… Qué locamente te amaré esta noche… Traga, corazón, anda, traga”, dice ella con un oscuro brillo en los ojos. Brillo convertido en narración, destello que nos engatusa y nos hace recelar…
¿Tendrá arrestos el convulso enamorado para seguir a lady despiadada Clara en la excursión a semejante penal? Los tendrá. Los justos, pero los tendrá. ¿Los tendrá el lector? Espero que sí. Merece la pena. Se alza el telón sobre el jardín y comienza el paseo por el filo de la navaja.


Paseo de enamorados, paseo desbocado y deslumbrante. Movimiento y bullicio. Espectáculo insospechado para el narrador, que no para ella. Aguas pestilentes, peces destripados, aves purulentas, cerezos en flor. Varillas de hierro al rojo vivo, jirones de carne, hemerocalas anaranjadas. Manos ensangrentadas, testículos retorcidos, pétalos caídos de un membrillo cercano.
“El suplicio de la rata” (no entraré en detalle) y “un pájaro totalmente amarillo, con una larga ramita de algodón en el pico”, nos narra Mirbeau a dos manos, prodigándose en el vértigo del detalle, sabedor de su potencia narrativa.


El amor y la muerte. La atracción y la repulsión frente a frente. La autodestrucción. Sangre, sudor y sexo. O fango, sudor y lágrimas. Siempre sudor. Denso. Sin respiro.


Paseo de ida y vuelta. Un descenso a los infiernos. Un infierno delicioso y torturante. Un regreso apresurado donde nada habrá cambiado.”Nunca más”, afirma miss Clara a punto de quedarse dormida, después de su apasionado arrobamiento, sabedora de que ocho días después, afortunadamente, me atrevo a decir, el espasmo se repetirá.


¡Ssssh! El libro se cierra y todo queda amortiguado, incluso el preciso lenguaje, rebosante de libertad, sin límites ni concesiones de un Mirbeau más simbolista que decadente, incluso.
¡Ssssh! Abra el libro. El relato se llama: ‘Le Jardín des Supplices’.

Vicente Molina Foix habla de la edición independiente

En la web tiempo de hoy Vicente Molina Foix escribió, el pasado 19 de marzo, este interesante artículo.


"Sólo el libro les parece a muchos una delicatessen que convendría hacer más escasa, menos visible.

LOS DEMASIADOS LIBROS fue, hace ya más de diez años, el título de un hermoso ensayo del escritor mexicano Gabriel Zaid que quedó finalista del premio Anagrama y publicó aquí la editorial barcelonesa. La obra trataba de la abrumadora cantidad de los libros, los que se publican y los que quedarán como manuscritos guardados en cajones llenos de polvo, y también sobre lo que rodea al libro y no siempre lo acompaña bien: las presentaciones, las prepublicaciones, los anticipos, el costo de la edición, las reseñas, el olvido injusto de algunos autores y la conversión de otros en figurones ridículos, los lanzamientos espectaculares y las librerías menguantes, la cada vez más extendida práctica de la destrucción de los ejemplares no vendidos de una edición, eso que los americanos llaman to pulp, y no es ninguna ficción.

Siempre digo que hay demasiados pocos libros, aun siendo consciente, por supuesto, de su abundancia y de su -en tantos casos- redundancia. Pero nadie se queja de la inmensa producción mundial de obras plásticas o videográficas, de películas, de canciones; sólo el libro les parece a muchos una delicatessen que convendría hacer más escasa, menos visible. Lo malo es que quizá llegue el día en que ese escamoteo o desaparición del libro vengan impuestos por la industria, por la incultura, o por el e-book, que es, a mi juicio, un apreciable artilugio, algo así como un nuevo aparato clínico para casos de necesidad o urgencia. Mientras tanto, y antes de que caiga sobre nuestras cabezas la hecatombe, observo con esperanza y con convencimiento -por glosar a Ángel González- un saludable fenómeno español dentro del mundo de los libros: la proliferación de pequeñas editoriales independientes que, sin hacer sombra a las grandes casas, están no sólo ampliando el catálogo de los libros que a uno le apetece leer, sino también, más significativamente, explorando autores y literaturas que da casi vergüenza llamar marginales.

No seré exhaustivo, porque ni aun queriendo podría dar un censo completo, dada su cantidad. Pero ahí van unas cuantas: Ediciones del Viento, Barataria, Demipage, Cabaret Voltaire, Neverland Ediciones, Periférica, Sexto Piso, Impedimenta, Errata Naturae, Contraseña, Umbriel, Barril & Barral, Libros del Bronce, Libros del Asteroide, Trama. Se advertirá que estas editoriales, además de poner en circulación obras de calidad, cultivan la imaginación en sus nombres. Y conste que sólo he citado aquí algunas de las que editan narrativa y ensayo; si añadiéramos las pequeñas editoriales de poesía, el número y la hermosa nomenclatura serían inagotablemente encantadores.

Cuando yo empecé a leer con (cierto) entendimiento y a publicar (con gran atrevimiento), en España había pocas editoriales en las que confiar: Seix Barral, Destino, Alianza, Aguilar, Plaza y Janés, un tanto devaluada esta desde la época en que sólo era del señor Janés. En los años siguientes surgieron Alfaguara, Anagrama, Tusquets, Siruela, Acantilado y alguna otra de calidad probada y larga vida, que deseamos asimismo para sus unipersonales directores: Jorge Herralde, Beatriz de Moura, Jacobo Siruela, Jaime Vallcorba. A ellos se suman ahora el valeroso, inquieto, atrevido conjunto de los pequeños editores independientes, responsables de que siga habiendo no demasiados pero sí suficientes libros para los que nos resistimos al apocalipsis del texto de papel."

Ecos blogueros de "La librería"

Sarah Manzano en Papel en Blanco habla maravillas de La librería de Penelope Fitzgerald.

"La librería de Penelope Fitzgerald. Está publicada por Impedimenta y su precio es 18’40 euros.

‘La librería’ cuenta una historia muy sencilla y que a la vez me ha picado muchísimo la curiosidad. Florence Green, una viuda de un pequeño pueblo de Suffolk que vive alejado del mundo y reticente a los cambios, decide abrir una librería, la primera del pueblo. Escogerá para ello una casa abandonada, que cuenta con su propio poltergeist. Sin embargo, no todo puede ser fácil, y el pueblo se irá alzando de manera muda para evitar que su empresa prospere. Se verá obligada a contar con la ayuda de Christine, una niña de diez años que es la única que no ve con malos ojos la librería. Una novela que la propia editorial ha catalogado como una obra maestra de la entomología librera. Casi nada…

'Penelope Fitzgerald es la más privilegiada heredera de Jane Austen,

por su precisión y su inventiva' A. S. Byatt

La propia historia de Penelope Fitzgerald es muy interesante. Nació en 1916, pero no será hasta 1977 cuando publique su primera novela, The golden child, una aventura cómica ambientada en un museo que Fitzgerald escribió para entretener a su marido, gravemente enfermo. Aclamada por la crítica, adorada por autores como Julian Barnes y A.S. Byatt, con esta novela fue finalista del premio Booker, que consiguió con su siguiente novela, A la deriva (estaba publicada en España por Mondadori, pero creo que está descatalogada, tendré que preguntar…). Murió en el año 2000, pero está considerada como una de las mejores voces de la narrativa inglesa contemporánea.

La verdad es que yo soy fácil de convencer, y en cuanto vi este libro supe que tenía que ser mío. Me encantan los libros y me encantan las librerías, y siempre está bien conocer autores nuevos. Además, A.S. Byatt la compara con Austen, y a mí Austen me chifla… En fin, lo dicho, que ya está pedido y espero que llegue prontito. Otra cosa es encontrar el tiempo para leer, que tengo dos libros a medias y una lista de pendientes interminable…"

miércoles, 22 de julio de 2009

Cada diseño, un manifiesto



Ha sido toda una sorpresa la mención de Impedimenta como editorial puntera en cuanto al diseño de sus libros. En La Voz Digital.es, Iñaki Esteban, en un artículo que describe brevemente los caminos del diseño de libros en España, nombra a Impedimenta como editorial joven que continúa la senda marcada por diseñadores como Daniel Gil y Julio Vivas, según él «la editorial Impedimenta destaca por sus vistosas ilustraciones y la belleza general de su diseño».


"Francia combatiente" en la revista Beta



El libro Francia combatiente, la crónica de las sangrientas batallas a lo largo del frente Francés en la primera guerra mundial, de la norteamericana Edith Wharton, ha aparecido reseñado en la revista de libros y literatura Beta, en donde se destaca el compromiso de la autora neoyorkina con el pueblo francés en tan lamentables circunstancias.


Un panteón portátil para los grandes autores



La revista digital Soitu.es, destaca la labor de Impedimenta y la creación de una nueva colección: El Panteón Portátil en un artículo sobre editoriales independientes que se lanzan a la aventura de crear nuevas colecciones para hacerse «su propio hueco en un mercado necesitado sin duda de esas propuestas».

Nos permitimos reproducir el artículo:

Un panteón portátil para los grandes autores


Algún tiempo más lleva la colección El Panteón Portátil de Impedimenta . Editorial en la que podía encontrarse de todo, con un excelente nivel de calidad en todos los sentidos, convertida en seña de identidad dentro de la variedad propuesta: una novela clásica japonesa como Botchan, libros extraños y malditos como De la elegancia mientras se duerme, clásicos intachables en nuevas y excelentes traducciones como su reciente volumen de relatos de Kafka, las memorias de guerra de Wyndham Lewis, los cuentos chinos de un autor español actual o libros tal difíciles de etiquetar como Lo infraordinario de Georges Perec. Pero le han tenido que hacer hueco a una serie de libros especialmente heterogéneos o que decididamente se distancian del género narrativo. Hace meses apareció El rival de Prometeo, un conjunto de relatos y ensayos de autores de distintas épocas y procedencias sobre los autómatas, editados por Marta Peirado y Sonia Bueno.

La segunda incorporación al Panteón Portátil es Francia combatiente, volumen en el que Edith Wharton recopiló sus artículos escritos sobre sus experiencias durante los años de la Primera Guerra Mundial y los lugares del conflicto. Autora imprescindible, a la que podemos sentir enamorada de Francia, de su espíritu y causa, y verla acudir como un corresponsal de guerra a los reconocimientos del frente, pero bien vestida y sin olvidar sus elegantes sombreros.

Los mejores relatos. A secas.



Otra maravillosa reseña de los relatos de Kafka recopilados en Un médico rural a cargo de Recaredo Veredas en Abc.es. «Pocas veces —dice— puede afirmarse que nos hallamos frente a una obra imprescindible.»

No podemos dejar de destacar el comienzo del artículo: «Entre las páginas de este libro el lector hallará algunos de los mejores relatos. A secas. Sin limitaciones como "de la literatura europea" o "del siglo XX"». Además de la mención a la traducción de Pablo Grosschimid, que «añade nitidez y precisión a lo mil veces leído».

Un apasionado artículo sobre un autor cuya contribución «hace posible toda literatura que le sigue».

Podéis leer el artículo completo en:

Reseña de "Un médico rural" en La Opinión de Málaga



La Opinión de Málaga
ha publicado una reseña de Javier García Recio en la que se elogia el libro de cuentos Un médico rural y otros relatos pequeños, «treinta y dos pequeñas obras maestras de Kafka» que «constituyen una auténtica antología» del genio checo.

A continuación nos permitimos reproducir los párrafos que nos han parecido especialmente interesantes:

«Relatos imprescindibles para conocer a Kafka. La mayoría de una gran brevedad, algunos como "Los árboles", no sobrepasan las cinco líneas, pero qué lineas.»

«Relatos tan breves como antológicos como "El deseo de ser piel roja"; o tan cargados de simbolismo como "Ante la Ley" y "Chacales y árabes"; otros tan sembrados de interrogantes como "Informe para una academia", ponen el sello de imprescindible en este pequeño volumen de Impedimenta cuya versión en castellano ha dirigido Pablo Grosschmid para dejar al desnudo el genio de Franz Kafka y su influencia, que se mantiene.»



martes, 21 de julio de 2009

"Un médico rural y otros relatos pequeños" en Estrella Digital



La semana pasada apareció en la sección de Cultura del diario Estrella Digital una reseña de Un médico rural y otros relatos pequeños, de Kafka.

«Franz Kafka es, sin lugar a dudas, uno de los escritores clásicos de la literatura moderna, y en más de una ocasión se le ha llegado a considerar el padre espiritual de la misma.»