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lunes, 25 de febrero de 2008

Santuario en el sitio ParaSaber.com

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Ángels Balaguer reseña la novela de Edith Wharton en ParaSaber.com, la colección de guías temáticas prácticas online del grupo Prisa.



«SANTUARIO»

Sinopsis: La obra narra la historia de Kate Orme, una mujer joven cuya dicha conyugal se rompe cuando se enfrenta cara a cara con el oscuro secreto que esconde su prometido, Denis Peyton, un hombre de fortuna, pero con un pasado gobernado por las mentiras y los engaños.

Frase destacada: «Un libro impactante por su simplicidad y su penetración, por su pasión y moderación». The Times Literary Supplement

Comentario: Santuario es una de las primeras obras de Edith Wharton. Escrita mientras redactaba La casa de la alegría y publicada en 1903 es una pequeña joya de prosa impecable y profunda introspección psicológica. Una novela breve en la que la autora, como una Jane Austen de principios de siglo XX, retrata la vida social de su época, un Nueva York, marcado por la apariencia y los convencionalismos.

La autora: Edith Wharton está considerada la más genial novelista americana de su generación, admirada por intelectuales de la talla de Henry James, Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau y Ernest Hemingway. Nació en Nueva York en 1862. En 1885, cuando tenía veintitrés años, se casó con Edgard (Teddy) Robbins Wharton, que era doce años mayor que ella. Se divorciaron en 1913 a causa de las repetidas y públicas infidelidades de su marido. Durante un tiempo mantuvo un sonado idilio con el periodista estadounidense William Morton Fullerton. Su primera novela, El valle de la decisión, se publicó en 1902. El año siguiente publicaría Santuario, y en 1905 vería la luz su primera gran novela, La casa de la alegría. En 1907 se estableció definitivamente en Francia, donde se convirtió en discípula y amiga de Henry James. Su obra más conocida es La edad de la inocencia.

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lunes, 11 de febrero de 2008

«Santuario» en Lecturas y Lectores

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Santos Domínguez nos honra con esta reseña que profundiza en la obra de Wharton. Publicada en el más que recomendable blog Encuentros de Lecturas y Lectores, Revista de Literatura.

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"Fue amiga de Henry James, pero renegó de que la identificasen con la literatura de aquel inglés nacido en Boston. A pesar del comprensible enfado de Edith Wharton ante una comparación que parecía rebajarla a la categoría de una secuela epigonal, la relación es más que evidente en La edad de la inocencia o en La casa de la alegría, una novela que escribió a la vez que este Santuario que publica por primera vez en castellano la editorial Impedimenta, con una impecable traducción de Pilar Adón.
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La relación va más allá de las tendencias europeístas de ambos o de la común vocación introspectiva. Es una cuestión de tono y de mirada. Y si ese es el rasgo esencial de la literatura de Edith Wharton, transmitir esa mirada es el reto mayor para quien la traduce a otra lengua. Una labor nada fácil, desde luego. .
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Posiblemente no exista una literatura femenina, ni siquiera una forma femenina de mirar el detalle. Lo demuestra el propio James, cuyo ejemplo podría utilizarse para negar el argumento o para afirmarlo. Así pues, en el caso de que esa mirada no sea peculiar, habrá que admitir al menos que existe una manera de reflejarla en la obra, de devolvernos la realidad filtrada, si no por la mirada, por la forma de contarla. Una mirada que estaba no sólo en James, sino en Proust o en Azorín, por poner dos ejemplos muy distintos. .
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Entre esa mirada penetrante que desciende a lo subterráneo y la palabra precisa que transmite el detalle se mueve la literatura de Edith Wharton. En este a ratos inquietante Santuario, una novela corta que no llega a las ciento cincuenta páginas, se agudiza la tensión de su prosa, de concentrada precisión, y la capacidad penetrante de su mirada. .
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De esas claves habla Marta Sanz en un prólogo en el que aborda la mirada y la construcción de la obra a partir de su primera frase, que deja fijado el tono, marcado el territorio y la distancia narrativa: .
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Resulta poco frecuente que la juventud se permita una felicidad perfecta.

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Como en otras novelas de Edith Wharton, también aquí, a través de la protagonista, Kathe Orme, la autora está tomando distancia para reescribirse a sí misma y contarnos cosas propias, está reelaborando su biografía e indagando en la conciencia con una fuerza inusual. Por eso, una historia como la que aborda Santuario, que con otra mirada y otra voz no hubiera pasado de ser un folletín barato, es en sus manos alta literatura, llena de sutileza y de hondura psicológica. También en eso la semejanza con Henry James es evidente. .
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Traigo aquí como cierre la autoridad de Harold Bloom, que escribió a propósito de la literatura de Edith Wharton estas líneas terminantes:
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No me gusta lo que Wharton ve ni cómo lo ve, pero me enseña a ver lo que no podría contemplar sin ella. En estos duros años de George W. Bush II, Wharton es una guía privilegiada al advenimiento de una nueva Edad Dorada.

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Enlace al blog Lecturas y Lectores
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lunes, 4 de febrero de 2008

«Santuario» en ABCD, por Juan Manuel de Prada

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El suplemento cultural del ABC nos deleitó con esta reseña escrita por Juan Manuel de Prada de la novela de Edith Wharton.
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Merced a la adaptación cinematográfica de su novela La edad de la inocencia, realizada por Martin Scorsese, el lector español pudo acceder en mejores condiciones a la obra de Edith Wharton (1862-1937), a la que sumariamente se había despachado hasta entonces como una discípula de Henry James. Leyendo aquella novela pudimos comprobar que, en efecto, lo era, tanto en la elección de los argumentos como en el tratamiento de los mismos; pero ese discipulado no era imitativo ni meramente epigonal, sino sustento fecundo de una muy personal visión del mundo. Como James, Wharton es maestra de la introspección psicológica; como él, analiza con pasión microscópica las tribulaciones y querellas íntimas de sus personajes; como él, hace un uso delicadísimo del perspectivismo y la elipsis, estrategias aparentemente elusivas que logran sin embargo penetrar la más recóndita verdad humana. A diferencia de James —o siquiera del James último—, Wharton es escritora menos propensa a trasladar a la sintaxis los alambicamientos del alma humana; en esto se parece más al autor de Washington Square que al de La copa dorada.


Sublime determinación. Y, en fin, Wharton es como James una soberbia captadora de lo específicamente femenino. El asunto de Santuario, la nouvelle que ahora comentamos, es la maternidad; y a él se alude desde el mismo título. En algún pasaje de la narración se menciona de forma explícita: «Pero si por un lado su matrimonio seguía siendo un problema, por otro su maternidad parecía resolverlo. Nunca había abandonado la idea de que había librado a su hijo de un oscuro peligro que todavía se cernía sobre él, que se mantenía al acecho, y con cada nuevo logro de su amor vigilante se hacía un poco más suyo (...). Había edificado para él el milagroso refugio de su amor no mediante un sorprendente acto heroico, sino gracias a un empeño imperecedero e infatigable».

¿Cuál es ese oscuro peligro contra el que Kate Orme, la protagonista, ha levantado el «sagrado cobijo» de su amor maternal? Wharton lo explica en el soberbio final de la primera parte de su novela: Kate ha descubierto, en vísperas de su boda, un pavoroso vicio moral en Denis Peyton, su prometido; un vicio que sería causa suficiente para rechazar el matrimonio con él. Pero entonces, con una determinación sublime o insensata, decide casarse con él, para proteger a su hipotética descendencia de ese mismo vicio que ella acaba de conocer, horrorizada: «¿Y si el afecto por su amado no se hubiese perdido sino transformado y expandido hasta llegar a esta extraordinaria compasión por su descendencia? ¿Y si ella pudiera expiar y redimir su falta, convirtiéndose en un refugio para sus previsibles consecuencias? Ante esta extraña extensión de su amor, todas las restricciones se vinieron abajo. Algo había resquebrajado la superficie del yo, y en su lugar manaron los misteriosos designios primarios, el instinto de sacrificio de su sexo, una pasión de maternidad espiritual que la llevó a querer interponerse entre ese niño no nacido y su destino». ¿Se puede escribir con palabras más vigorosas la pasión de renuncia, ese «clímax místico de anulación», que implica la maternidad?

Y entonces Wharton nos propone una elipsis que abarca más de veinte años. Sólo un virtuoso de la narración puede proponer con fortuna a sus lectores tal alarde imaginativo: nada nos cuenta Wharton sobre la existencia de Kate a lo largo de tan profuso lapso de tiempo; pero nos bastan unas pocas páginas (o ni tan siquiera: unas pocas líneas) para que la Kate que emerge en la segunda parte de la novela se nos haga perfectamente inteligible, perfectamente distintiva de la muchacha que dejamos atrás y a la vez congruente con ella, dispuesta a inmolarse por su pasión de maternidad.


Trabajos de amor. El hombre que la desposó ya no está a su lado; su lugar lo ocupa ahora Dick Peyton, el hijo de esa relación desdichada. Y Kate tendrá ocasión de realizar aquel «empeño imperecedero e infatigable» que se había propuesto, tanto tiempo atrás, como razón de su vida, guardándoselo para sí: el mismo vicio moral que un día se adueñó del padre lanza su zarpazo sobre Dick. Y, llegado ese trance definitivo, Kate siente que se interna en la oscuridad, «trémula y crepitante, como un pájaro nocturno que revolotea entre las vigas del techo». No desvelaremos el final de la historia; pero no siempre se pierden los trabajos de amor.

Santuario, digámoslo pronto, es una novela soberbia. Porque soberbia es la literatura que acierta a penetrar la más recóndita verdad humana.


Para leer la reseña en su contexto original, pulse aquí.


Más sobre Wharton y el mundo femenino:

http://www.liceus.com/cgi-bin/aco/lit/02/20021.asp

http://www.elmundo.es/papel/hemeroteca/1994/03/06/magazine/290659.html

martes, 27 de noviembre de 2007

«Santuario» en Público

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Recogemos la reseña de Magda Bandera realizada para

Público el 24 de Noviembre


El ‘Santuario’ de una escritora de culto

Por Magda Bandera

Se publica una historia inédita de la autora de ‘La edad de la inocencia’.

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La ambición y el precio que se está dispuesto a pagar por ella son el eje central de esta novela. Una trama de suspense sirve a Wharton para plantear la posibilidad de que ambición y debilidad sean hereditarias.

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«Resulta poco frecuente que

la juventud se permita

una felicidad perfecta.

Da la impresión de

que deben realizarse demasiadas

operaciones de selección y rechazo»

(Edith Wharton)

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AUTOR (A).

Hasta casarse a los 23 años, Edith Wharton se apellidó Newbold Jones y disfrutó de una cuidada educación. Las infidelidades de su marido trastornaron a esta neoyorquina nacida en 1862 hasta que decidió dejarle e instalarse definitivamente en Europa. Tras divorciarse, inició su etapa más fructífera. En 1920, publicó ‘La edad de la inocencia’. Por esta obra le concedieron el Premio Pulitzer en 1921, el mismo año en que se convirtió en la primera mujer nombrada Doctor Honoris Causa por la Universidad de Yale.


COMENTARIO.

MENTES Y MIEDOS TRANSPARENTES.


Tal como explica Marta Sanz en su prólogo, “Wharton observa el entorno como una científica social, lo analiza, lo cuantifica y lo cualifica”. Su intención es hacer transparentes las mentes de sus personajes . Para ello es precisa como un notario. En sus descripciones no sobra una palabra, nada parece superfluo, y de ese modo logra un ritmo que acrecienta el grado de suspense.

¿Serán los protagonistas capaces de vencer sus inseguridades? ¿Qué pesará más en ellos, la ambición y la aparente imposición social de lograr el éxito o la honradez y la honestidad?

Esta lucha, tan contemporánea, se expresa en Wharton a través de los pequeños detalles, mediante recursos jamesianos -no en vano Henry James fue uno de sus maestros y, sobre todo, un “amigo”-. Quizá por ello, asumía con dignidad la condena de ser comparada con él hasta la saciedad. Otro tormento para la autora de ‘La casa de la alegría’ fue ser reducida a la categoría de escritora “costumbrista” por quienes envidiaron su prosa, admirada públicamente por Francis Scott Fitzgerald, Jean Cocteau, Ernest Hemingway y el propio James. Esa simplificación de su obra resulta sorprendente para quien queda atrapado por la capacidad de Wharton para recrear psicologías complejas y fácilmente reconocibles más allá de sus circunstancias.

Especialmente interesante resulta la construcción de la Kate madura que afronta la maternidad desde la generosidad y el respeto a un hijo al que adora y teme. Y ahí es, precisamente, donde Wharton, que nunca fue madre, demuestra sus mayores dotes literarias.